11.2.11

La Perturbada. Performance

Presentación en sociedad de La Perturbada. 
Autor: Gabriel Cimaomo



La Srta. Lilí, alias “La Perturbada”, es uno de los artistas de clausura  que forma parte de la comunidad del Cotolengo de Mengano.
Si bien La Perturbada se manifestó anteriormente a través de la radio, blog personal y el sitio web de los menganos, las siguientes imágenes registran el primer evento de su aparición “de cuerpo presente”.

27.11.09

27.11.2009

La Srta. Lilí, alias La Perturbada quedó fascinada con la magia que emanaba de la ópera a partir de su primera experiencia con este arte. Tendría 16 años cuando acudió al teatro del pueblo, acompañada como siempre por su madre y su hermana, que debido a sus problemas nerviosos no la dejaban sola, ni a luz ni a sombra.
Al parecer la Srta. Lilí es oriunda de Cacique Aracaiquín, pero siendo muy chica y viendo ya las costumbres extrañas y extravagantes de la pobrecita, su madre decidió trasladarse con sus hijas a una localidad donde pudieran pasar más desapercibidas. Es que “pueblo chico, infierno grande”, decía la señora y tenía razón. Así que en cuanto la mujer recibió la confirmación de un trabajo se mudaron… a Cayastá. En fin.
Doña Aurelia, la mamá de Lilí, a la que también le titilaban las neuronas, comenzó a trabajar como encargada del “Centro Social Unión y Alegría” de Cayastá, único espacio habilitado para fiestas, quermeses, exhibiciones de la escuela de danzas folklóricas y españolas, patín sobre ruedas y demás yerbas. Aunque también se utilizaba eventualmente como cine o teatro al aire libre cuando llegaba alguna compañía de la ciudad, cada muerte de obispo.
Lilí sentía una enorme curiosidad por el nuevo lugar de trabajo de su madre y durante meses no paró de pedirle, con acusada insistencia, que la llevara a las funciones del Centro Social, de cualquier índole que fueran.
“Dale mamá, llevame. Mamita, mamá, llevame. Te lo pido mami llevame. Por favor mamita, llevame. ¡Ay, mami, mamita, mamá! Llevame, ¿si? ¿Me vas a llevar?”
Un tanto agobiada por la demanda de su hija, Aurelia decidió correr el riesgo y llevarla no tanto por convicción cuanto porque no encontró otro modo de hacerla callar.

Coincidió que en aquella ocasión la institución se engalanaba con una obra excepcional aunque ubicada en las antípodas de la “unión” y “alegría” del Centro Social: La Traviata, de Giuseppe Verdi. Lilí, que para sus quince había recibido como regalo la afamada novela de Alejandro Dumas: La Dama de las Camelias, había desarrollado una admiración cuasi mimética con la protagonista, al punto que a fuerza de toser cual tísica obligó a su madre a visitar a toda clase de especialistas con el objeto de descartar aquella erradicada enfermedad. Fue entonces, cuando agotados los chequeos médicos su clínico le prescribió que consultaran a un especialista en salud mental.
“¿Por qué a un psiquiatra, mami? ¿Qué me va a hacer el psiquiatra, mamita? ¿Dónde atiende el psiquiatra, mamá? ¿Viene a casita el psiquiatra, mamita? ¿Qué me va a dar, mami, mamá, mamita? ¿La tosecita, el psiquiatra, me va a curar?”
Y así comenzó el primer acto de su derrotero por los profesionales en salud mental hasta su ingreso al cotolengo, donde parece que La Perturbada, al fin, halló su lugar.
Su primer brote memorable acaeció aquel día que su madre la llevó a ver La Traviata al Centro Social de Cayastá. Desbordada por la emoción, lo cual hizo eclosión con su desorden mental, Lilí, perturbada como estaba, confundió los géneros musicales y la personalidad de la protagonista de la que de repente se sintió imbuida, y en medio de la escena de la muerte de su idolatrada Dama de las Camelias, a los gritos comenzó a cantar:


15.10.09

La Sonrisa de Mamá

A partir de un anónimo que comenzó a circular entre los huéspedes del cotolengo, convocando a una reunión prevista para altas horas de la noche con la consigna de no comunicar de este encuentro a Elvi Rot, los menganos empezaron a conjeturar todo tipo de hipótesis respecto al sentido de esta suerte de asamblea clandestina. Algunas de las versiones fueron, como eran de esperar, tan deliradas como sus autores. Sor Raimunda, por ejemplo, pensó que el cónclave tenía por objeto introducir la causa de beatificación en vida de la gran madre del cotolengo y objetó lo inusual del procedimiento.

La cita era pasada la medianoche aunque la hora estaba supeditada a que La Rot, madre simbólica de todos los menganos, se durmiera. Elvira decía ser una mujer de sueño liviano lo cual es compatible con su vocación maternal, así que debían ser muy sigilosos, lo cual implicaba un gran esfuerzo tratándose de los bulliciosos, por no decir quilomberos, huéspedes del cotolengo. Sin embargo aquella noche se escuchaban provenientes del cuarto de la susodicha, sordos ronquidos que a juzgar por su estridencia no resultaba sencillo discernir si procedían de ella o del mismísimo Morfeo.

Las malas lenguas comentan que con la cena su propia hija biológica introdujo en el plato de La Rot un inductor del sueño más potente que el que su madre acostumbraba a tomar. “Eso no se hace”, acusó al aire la Trava haciéndose eco de los rumores. “Ni aún con las mejores intenciones”, acotó; como parece que era el caso, ya que el tema del complot era ponerse de acuerdo con la sorpresa que le darían a la ilustre durmiente por el día de la Madre.

“Yo tengo una propuesta muy atrevida”, confesó Sor Raimunda suscitando ipso facto un silencio abrupto en el lugar: “Fiesta de piyamas”, proclamó la religiosa como quien incita a sus compinches a realizar una picardía.

“¡Si, fiesta de piyamas, fiesta de piyamas!” gritó la Perturbada contagiándose del entusiasmo de Raimunda y potenciándolo a consecuencia de un repentino pico maníaco.

“Hermana, ya está grandecita”, observó reprensivamente la Profesora de la E. “A mamá le encantaría una fiesta sorpresa en la que tenga la oportunidad de recobrar el protagonismo social de otrora.”

¡Si, fiesta sorpresa, fiesta sorpresa! Gritó la Perturbada tanto o más excitada que la primera vez.

“Recobrar el protagonismo…”, repitió la Trava citando irónicamente a la docente. Y súbitamente inspirada por un dicho de La Rot saltó en su defensa retrucando a la profesora: “Si la envidia fuera tiña cuantas tiñosas habría”. Y aprovechando su envalentonamiento la miró de pies a cabeza y remató: “Es que con clase se nace, no se hace”. La Profesora, que desde que asumió en terapia su soltería crónica se ocupó de tener un estilo cuidado, se sintió tocada quizá debido a que sus tailleurs corte Chanel no eran legítimos, como siempre había pretendido.

“La Rot -dijo la Trava- necesita un buen par de tacones como estos”, señalando los suyos. Ocasión que, ni corta ni perezosa, aprovechó la Profesora para devolverle la bofetada: “Comparto su opinión, Guerra”, dijo la docente omitiendo concientemente cualquiera de los nombres de la Trava. “A mamá le vendría bárbaro un par de zapatos. Pero no creo que como esos”, dijo la Profesora señalando con la uña de su índice los de la Trava. “La naturaleza es sabia y a usted le concedió una talla 44 para que sus piecitos aguanten semejante trajín, en canoas como esas mami podría remar”

¡Sí, tacones 44, tacones 44! Vociferó la Perturbada con sus ojos excesivamente abiertos como si estuvieran alucinando con todos los regalos juntos.

La Trava, aguerrida como era, empinó la botella de vino rosé y cuando estaba a punto de irse a las manos, la Maga la detuvo y como para aligerar el clima denso que se había generado, batió cualquiera. “Yo le escribí un poema”, y cual “Abra Cadabra” suscitó de inmediato la atención de todos los menganos que no sabían de las aficiones literarias de la ex bruja.

“¡Sí, poema de la bruja, poema de la bruja!” Saltó por última vez la Perturbada justo antes que la Trava aprovechara la ocasión para descargar su ira vaciándole sobre su cabeza, el culo de vino rosado que le quedaba en la botella. Esta vuelta nadie objetó la intervención agresiva de Carol, seguramente todos estaban hartos de las salidas desvariadas de la Perturbada. Así que, como si hubieran matado una mosca, la Maga prosiguió: “Si quieren se los recito”. Y como el silencio otorga, se puso de pie y apelando a su memoria remota, declamó:


“Esa flor que esta naciendo
Ese sol que brilla más
todo eso se parece
a la sonrisa de mama.
Esa rosa que despierta
ese río que se va
todo eso se parece
a la sonrisa de mama.”

¡Plagio, plagio! Saltó el Erudito Benito citando a Ortega, Palito, el cantautor setentoso y a su cointérprete, la recordada Libertad Lamarque.

La Perturbada, sollozando, no se sabe bien si por la emoción, la actitud de los menganos o por ambas, busco en su armario el single con el tema principal de la película de Enrique Carreras y haciendo caso omiso a la consigna del sigilo, lo colocó en el tocadiscos combinado del cotolengo a todo volumen. La Rot, asustada por Palito despertó sobresaltada.



1.10.09

02.10.09

Tratando de indagar respecto al sentido de sus vidas, los menganos, en la última sesión de psicoarte acordaron partir de aquellas cosas que heredaron o les fueron dadas sin mediar su elección y convinieron que si hay algo que no eligieron fue sus nombres.

La idea fue propuesta por el Erudito Benito quien fundamentando su opinión en la teoría lacaniana, sostuvo que nuestros nombres son una suerte de metáfora que condensan los deseos y expectativas familiares. En tal sentido el nombre que nos asignan, en el que nos reconocemos y por el cual nos identifican, nos determina en cierto modo.

Su argumentación no recibió objeción alguna, no sabemos si por convincente o porque nadie entendió nada y como en definitiva no había otras mociones, se aceptó por unanimidad.

El problema se suscitó respecto a cómo decidirían por quién comenzar. Nadie se mostraba muy dispuesto a ser el primero en poner su nombre a consideración del grupo. Lo cual es muy comprensible ya que los huéspedes del cotolengo son locos pero no idiotas.

Esta vez la cosa se dirimió a partir de una iniciativa de La Trava, quien tras beber a pico el último trago del porrón, lo tumbó en el piso, lo hizo girar como una ruleta y dijo: “Al que lo apunte”

La botella quedó en dirección a Benito y antes de que El Erudito diera cualquier consigna respecto a cómo seguiría la cosa, la trava semi embriagada preguntó: “¿Verdad o Consecuencia?”

Benito se indignó por el giro burdo que había tomado su propuesta pero decidió privilegiar el objetivo de la técnica a la modalidad lúdica que cobró de repente.

Así que tragando saliva respondió: “Verdad”

¿Verdad que te pusieron Benito porque cuando naciste pensaron que eras bobo?, dijo la Trava recreando una infidencia de Elvi Rot, la madre biológica del susodicho.
“De ninguna manera”, saltó en su defensa la Rot, “Yo dije cara de bueno”

Benito que hasta el momento había logrado controlar su ira se le saltó la virola como a una olla a presión.

A duras penas había logrado reconciliarse con su nombre de pila después de años de terapia para que esta fulana venga a meter el dedo en la llaga. Pero como ante todo era un caballero, decidió cederle la palabra a su hermana que, como buena docente, había recabado información diagnóstica de La Trava.

La profesora de la E, haciendo caso omiso al seudónimo de Carol adoptado por la trava en un fallido intento de volverse distinguida como la princesa de Mónaco, se dirigió a ella en los siguientes términos: “Ud. Discúlpeme ‘señorita’ pero su acotación fue impertinente e irrespetuosa”. Como la trava no paraba de dar carcajadas ignorando por completo la intervención de la docente, la profesora le llamó la atención por su nombre: “A usted le hablo, José Ramón”.

Tras un breve momento de tenso silencio, La trava se abalanzó sobre la botella y de no haber sido por la intervención de La Maga que se apresuró a interponerse entre su encolerizada amiga y la profesora, la cosa habría pasado a mayores. Por suerte todo quedó en un manchón de cerveza en el tailleur de la docente que no paraba de reclamar a los gritos la expulsión de José de la institución.

El ambiente se volvió tormentoso. Un diluvio de lluvia ácida comenzó a anegar el patio donde estaban y como los menganos son una especie rara, se empezaron a brotar.

Sor Raimunda no paraba de santiguarse, golpearse el pecho e implorar al cielo piedad.

La Perturbada, aburrida de la vida y sintiéndose desplazada, bailaba a los saltos al tiempo que cantaba: “¡Me llamo Lilí, Lilí, Liliana! ¡Me llamo Lilí, Lilí, Liliana!”

La Maga Malvada cazó un sapo y corriendo tras la Perturbada la amenazaba: “Calmate tarada o te hago un trabajito.”

El Erudito Benito, esta vez no fue la excepción y se brotó como pocos. Espinas de la nuca le salieron. Parado sobre un banco de cemento y en plena excitación maníaca arengaba a las mujeres al grito de “¡Lucha en el barro! ¡Lucha en el barro!”

Y cuando todo parecía fuera de control, sucedió el milagro.

Un viento primaveral despejó los nubarrones y sobre la luna en cuarto creciente apareció Ella, Su Augusta Creatividad, e iluminando a Pai Nando que permanecía inmóvil, como buen maniquí, le insufló un hálito de vida y el muñeco animado comenzó a cantar. Obviamente alucinando, los menganos se calmaron y se pusieron a escuchar:





22.9.09

25.09.09

Alterados por un concurso de poesía que propuso la Profesora Ciencias de la E. en homenaje a Alejandra Pizarnik, los menganos que compartían su admiración por la poetisa surrealista, rápidamente se engancharon con la idea. La poesía que resultase elegida se exhibiría en la cartelera institucional esa semana.


El problema era quién oficiaría de jurado ya que todos los menganos querían participar pero también seleccionar. Y puesto que la docente dejó claro que no se podía ser juez y parte a la vez, nadie logró ponerse de acuerdo.

Así, como cada vez que tenían problemas para arribar a un consenso, resolvieron consultar el Verde Oráculo de Pai Nando de modo que el azar o la predestinación decida quién expondría su poesía.

En principio convinieron por sugerencia de Benito que la carta indicada sería “La Criptonita”, debido a que la misma representa una etapa de desconexión de la realidad, un momento privilegiado para la creatividad, aunque advierte que su iridiscencia puede atraernos como bichitos de luz hasta quemarnos, incluso consumirnos. Sin embargo a último momento las mujeres del cotolengo decidieron, prescindiendo del consenso, que la carta ganadora fuera otra: “El Pepino”, ya que Alejandra era una mujer fálica al igual que la hortaliza. Razón ésta, en todo discutible para El Erudito que pertenecía al campo de lo conceptual y, consecuentemente, se inclinaba a una elección más basada en el contenido que en la forma. No obstante, prefirió no enfrentar la histeria femenina y aviniéndose a la voluntad de la mayoría se apresuró a probar suerte. Su insatisfacción con la decisión se hizo más patente cuando resultó desfavorecido justamente con la carta que él había propuesto, con lo cual se retiró a sus aposentos a escribir sobre el día que descubrió que, al fin y al cabo, todos estábamos condenados a perder algún día.

Curiosamente resultó galardonada con el verde Pepino la única de las huéspedes que, acostumbrada cuando era docente de dibujo a proponer tema libre, hacía uso a menudo de esta licencia creativa para hacer lo que le viniera en ganas.

La Perturbada, que durante su adolescencia había leído el poemario completo de la Pizarnik, quedando más perturbada de lo que la naturaleza ya le había concedido, prefirió esta vez no volver sobre aquellas sensaciones angustiosas que le suscitaban los escritos de la poetisa y dejar volar por entero su imaginación hasta colgarse de alguna idea que se le cruzara. Con tal propósito creativo, se asomó a la ventana de su cuarto y contemplando la belleza del ocaso, se abstrajo durante horas observando fijamente los cactus del patio del cotolengo y recordando como decía la Pizarnik, que la verdadera rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos. Cuando la noche había caído desvió la vista de las espinas de la variedad de especies cactáceas que poblaban el jardín del hospicio, levantó sus ojos al cielo y entonces en medio de su éxtasis recibió la inspiración que esperaba.

Una paloma mensajera, perdida como ella, echó a volar del único laurel que había en el jardín y antes de darle tiempo a reaccionar lanzó sus blancas y chirles heces en medio de su cara.

Las cámaras del cotolengo que habían instalado tiempo atrás, registraron el momento exacto de la particular bendición del plumífero y el resto de los huéspedes, movidos quizá por la envidia de no haber resultado seleccionados, se apresuraron a colgar la imagen en sus respectivos blogs, los cuales pueden ser visitados por nuestra audiencia.

Pero la más contundente de las pruebas es sin dudarlo el poema que la Srta. Lilí, alias la Perturbada, dedicó en sus encuentros de psicoarte a todos los menganos. Intitulado “Oh palomita”, dice así:
Oh palomita, blanca paloma
que de tu pico el laurel asoma,
oh palomita, paloma fiel
que vuelves siempre por el laurel.

Oh palomita que sin cuidado
cortas los gajos recién plantados,
oh palomita, paloma cruel,
que me arruinaste todo el laurel.

Oh palomita, viajera errante
que haces tus nidos en mis estantes,
oh palomita, paloma hedionda
que impregnas todo de olor a fonda

Oh palomita, plumero inmundo
que arrojas plumas por todo el mundo,
oh palomita, paloma rea
voy a rociarte con cal y brea.

Oh palomita, bicho mugroso
que a mis cachorros llenas de piojos,
oh palomita, paloma quiero
purificarte con nafta y fuego

Oh palomita, intestino alado
que tiras caca por todos lados,
oh palomita, paloma tierna
cuando te agarre te entierro en mierda